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El ombú de la laguna

En el año 1936, cuando el pueblo aún se adormecía entre calles de tierra y rumores de mate, Ramón García y su esposa, María Baladrón de García, decidieron plantar un ombú en la quinta que compartían. No era un árbol cualquiera: era, para ellos, una promesa. Ramón decía que el ombú era un guardián, un vigía que veía pasar las estaciones y atesoraba las historias.

La quinta se extendía sobre la margen norte del río Cuarto, pero un día la naturaleza habló con fuerza. “La gran creciente” llegó como un rugido que cambió para siempre el curso del río. El agua dibujó un nuevo mapa y, casi como por arte de magia, la propiedad quedó en la margen sur, abrazando una laguna propia. Esa laguna, que más tarde sería de todos, comenzó a llamarse Laguna Municipal.

El ombú, firme en su lugar, se convirtió en el corazón de ese paisaje. Bajo su sombra, el corral de ovejas daba cobijo a las tardes de trabajo. Pero también era el escenario de otro tipo de reuniones, de esas que mezclan risas, música y aromas de comida casera. Cada domingo, desde temprano, familias enteras —los Rollan, los Pastrelo, los Roda, los Bonfanti y los Dalmau, — se reunían allí. Se escuchaban guitarras, se bailaba hasta que el sol se despedía, y el ombú parecía guardar en sus ramas cada voz y cada paso.

Décadas después, ese mismo ombú sigue creciendo a orillas de la laguna, como un viejo guardián que ha visto pasar generaciones. Sus raíces beben de la historia y su sombra aún invita a detenerse, escuchar el eco de las risas pasadas y soñar con lo que vendrá.

Quizás, algún día, cuando nuestros nietos se sienten a su lado, el ombú les cuente al oído lo que nosotros ya sabemos: que hay árboles que no solo dan sombra, sino también memoria.